Carril derecho

El PP nacional se desgaja por la derecha sin perder la voluntad de constituir el centro conservador, demostrando así que la crispación agrava cualquier herpes electoral. A Rajoy no se le perdona su carácter discreto y reservado, el cual, antes que debilidad o estupidez, revela la astucia galaica y el sentido de la prudencia. De la larga ristra de calamidades que, como las siete plagas de Egipto, amenazaban con devastar la nación, apenas unas pocas quedan en pie. El mérito ha sido y no ha sido de su gobierno. Quiero decir que a menudo el vino mejora sin que el mandatario haya hecho otra cosa que dejar pasar el tiempo, aunque no sea éste exactamente el caso.

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Claudio Abbado

Si no el último de los grandes mitos de la dirección orquestal, Claudio Abbado fue el referente de una nueva estirpe. Su pulso era asombroso; su dirección, precisa; el gesto, de una belleza única, conjugaba la elegancia del sable con la finura expresiva de un humanista. No era un místico como Furtwängler, ni un filósofo como Celibidache, ni un romántico como Klemperer, ni un intérprete sentimental como Bernstein, por citar a algunos de los divos del siglo XX. Su concepción del sonido encajaba con el objetivismo de Toscanini, desde una originalidad que miraba hacia el futuro. En su caso, primaba menos la gran cultura clásica – a la cual, desde luego, no desdeñaba – que la atmósfera de la posguerra con sus ansias de vida, justicia y libertad. Sus interpretaciones carecían, en ocasiones, de profundidad, pero nunca de latido o de sentido humano. No detenía el tiempo, sino que dejaba que la composición fluyera con naturalidad, unas veces con ira, otras con pasión, a menudo subrayando sencillamente la suavidad de las voces.

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Llueve en Madrid

Paso por Madrid de camino a los Montes de Toledo. Las nubes cubren el cielo gris mientras cae una lluvia agria, sucia y persistente. En la calle se percibe un malestar contenido en el que se conjugan la decepción y la incertidumbre, el enfado y la evidencia repentina que ya nada volverá  a ser igual. Curiosamente, no se habla del desafío separatista lanzado por Artur Mas; no en primera instancia, quiero decir, y no de forma cotidiana. “La Caixa” continúa siendo uno de los puntales del sistema financiero español (y madrileño); el cava catalán sigue reinando en las celebraciones de Nochevieja; los flujos comerciales funcionan con la precisión habitual. ¿Qué significa esta aparente normalidad?  ¿La fortaleza del Estado de Derecho? ¿La tentación escapista de las sociedades inmaduras? ¿El abismo entre la opinión pública y la opinión publicada? ¿El cansancio acumulado por ese interminable lustro de crisis económica? ¿O sencillamente la tranquilidad de saber que lo imposible – la ruptura de una nación moderna y democrática inserta en Europa – no puede suceder? Quizás se trate de la suma contradictoria de todo ello. Citando al periodista Enric Juliana – que habla del “català emprenyat” -, cabe decir que el malestar colectivo repercute en la imagen de un “madrileño cabreado”, aunque la manifestación de uno u otro enfado sea muy distinta. Las heridas en la Villa y Corte no se atribuyen al fracaso de la estructura autonómica, sino que se interpretan en clave interna y regional. Pero los espejismos se desvanecen y en parte, sólo en parte, Madrid era un espejismo más.

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Samizdat

Cuando la URSS todavía era la URSS y el totalitarismo era un espejismo de la perfección social, la libertad se refugiaba entre los muros del hogar y no mucho más allá de los estrechos pasillos de la amistad. La memoria actuaba como un anticuerpo de la mentira que, a su vez, constituía el reflejo ideológico del poder. La traición dictaba su condena a la vuelta de cualquier esquina; la verdad, en cambio, se escondía en los recovecos privados del alma, a resguardo – o eso creían – de la crueldad oficial. En su autobiografía Contra toda esperanza, Nadiezhda Mandelstam cuenta que ella conservó en su corazón los versos y los poemas destruidos por su marido, Ossip, poco antes de que muriera en Voronezh, para así salvarlos del olvido. Junto al sudario de la memoria, corrían de mano en mano los papeles que el régimen no autorizaba y que ningún escritor se hubiera atrevido a publicar. De este modo, la auténtica literatura circulaba en secreto por las arterias de la URSS como un testimonio del hombre y de la sociedad rusa y no de sus falsas y maniqueas apariencias. A esos textos clandestinos se los denominaba samizdat. Samizdat era la escritura secreta de las vidas secretas. Samizdat era la verdad y no la mentira.

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