Un bazar sueco

En casa, la llegada de las Navidades coincidía con la visita al bazar de la Iglesia Sueca. Era un rito anual que anunciaba el Adviento, los bollos de azafrán y las vacaciones familiares. A finales de los setenta y a principios de los ochenta, las costumbres en Mallorca y en Suecia eran muy distintas. En casa, el belén franciscano se solapaba con la decoración de gnomos, velas rojas, paisajes nevados y la ristra sonriente de figuritas de Papá Noel. La repostería escandinava sustituía a la local. Leíamos los cuentos de Astrid Lindgren, Elsa Beskow y Tove Jansson. Apenas celebrábamos los Reyes Magos, como si se tratara de una fiesta postiza, cuando en realidad no lo es. Pero hablo del humus de la memoria, compuesto de recuerdos y sensaciones. Si estábamos en Suecia, cenábamos temprano a la espera de que Papá Noel, con su saco de regalos, tocara a la puerta. Las noches eran largas y el blanco de los bosques – un sinónimo del frío – contrastaba con la oscuridad invernal. A menudo he pensado en lo distinta qué es la Europa nórdica: el orden frente al bullicio meridional, la circunspección luterana frente a la espontaneidad católica. Al igual que España – o el Reino Unido -, su posición geográfica corresponde a la periferia del continente. Por eso mismo sus rasgos culturales y sociales son muy pronunciados: desde la inveterada neutralidad política a la eficiencia burocrática. El grosor de los lazos familiares resulta también muy diferente.

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Retrato de un reaccionario

Con frecuencia son los pensadores que han logrado evitar el estridente dictado de su época los que nos ayudan a comprender quiénes somos. Los libros de la filósofa Simone Weil continúan incomodando hoy tanto como lo hicieron entre sus contemporáneos. La importancia de un escritor como Albert Camus – de quien este año celebramos el centenario de su nacimiento – en ningún caso es la de un abanderado de las ideologías partisanas, a derecha o a izquierda del espectro político, sino la de un intelectual que fundamentó en la conciencia la razón de ser de su obra. El novelista Joseph Roth hizo del sentido profético (la búsqueda de capas de sentido que nos permitan hacer frente a la descomposición cultural del nihilismo) el motivo último de su literatura. Asediados por la maldición de Casandra, los profetas corren el riesgo de la excentricidad.

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