Arturo Benedetti Michelangeli

I

Hace ya tiempo, un batería de jazz me contó la siguiente anécdota que nos habla de la relación entre maestro y discípulo, pero también sobre la esencia del arte. Los protagonistas son Arturo Benedetti Michelangeli y la joven Martha Argerich. Debió de suceder a principios de los sesenta, quizás a mediados. Día tras día, Martha tocaba al piano ante el legendario pianista de Brescia, que la escuchaba distante. El silencio se interponía como una frontera entre dos épocas, sin que en ningún momento el afamado concertista italiano corrigiera a su alumna. Al finalizar la clase se despedían educadamente y se citaban para el día siguiente. Una mañana, al terminar una pieza, la muchacha se atrevió a comentar:

Maestro, no entiendo su silencio.
Michelangeli clavó sus ojos en el semblante de la joven pianista y le contestó:

Tienes que aprender a interpretar mi silencio y dejar que hable en ti. No te puedo enseñar nada más.
Ella siguió ensayando, sin cruzar ninguna otra palabra.

La anécdota tal vez sea apócrifa, pero resulta verosímil.

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Oxford, febrero de 1936

A principios de 1936, el filósofo Isaiah Berlin conoció en Oxford al escritor Miguel de Unamuno. La Guerra Civil española todavía no había estallado – faltaban para ello unos meses -, aunque los síntomas del malestar político eran ya evidentes, no sólo en España sino en toda Europa. Se ha dicho que en la II Guerra Mundial combatieron un ideal de libertad – el democrático – frente a la batería de autoritarismos disponibles en el mercado político. Es posible que así fuese, aunque quizá se trate sólo de una simplificación. Lo cierto es que, fuera del ámbito anglosajón, los equilibrios de poder y libertad que supone el parlamentarismo cotizaban a la baja; como sucede de nuevo hoy en día. Pero regresemos a Oxford, febrero de 1936. Ese mes, Isaiah Berlin, al que acaban de nombrar con veintisiete años profesor en All Souls College, le escribe las siguientes palabras a su amigo el poeta Stephen Spender: “El señor Miguel de Unamuno ha dado una conferencia aquí y me ha parecido un hombre espléndido, mezcla de Anatole France, del embajador Fleuriau y de Mazzini. Nos ha explicado que estamos demasiado oprimidos por la Historia como para ser capaces de actuar, demasiado debilitados por el peso del conocimiento del pasado como para hacer otra cosa que no sea dudar; que tal vez Rousseau tuviera razón y nuestra sociedad necesite algún tipo de nueva barbarie, etc., para liberarse de las ataduras. Yo pienso que estas teorías sólo son aplicables a los intelectuales españoles de hoy o a los rusos de 1917, cuando todavía creían vivir en 1848: nadie más parece estar agobiado por ese sentido de la infinitud de los pros y de los contras de la memoria histórica […]. El peso alargado de la memoria resulta obviamente un defecto oculto y engañoso, que tiende a envenenarlo todo con el sabor de la posible corrupción”.

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