La lógica del ilusionismo

Uno piensa a menudo que, en estos últimos quince o veinte años, se ha invertido la lógica política. En el mundo de Clausewitz, los ejércitos adquirían protagonismo allí donde la política perdía su capacidad de actuación. Era un juego de intensidades – de menor a mayor – el que decidía el éxito o el fracaso de la diplomacia. Así, la segunda mitad del siglo XX fue, en buena parte, un ejemplo de inteligencia en el arte de la política: la alianza entre Francia y Alemania –por ejemplo– como garantía de paz para Europa o la Guerra Fría, que se saldó sin apenas disparos. Las acciones armadas llevadas a cabo en países como Vietnam, o Afganistán –en el caso soviético–, fueron probablemente errores innecesarios desde el punto de vista de los equilibrios de poder internacionales. Sin embargo, con el abrupto cierre del siglo XX en 1989, la superioridad militar estadounidense se quedó sin rivales, entre una Europa débil -forzada a solucionar los problemas inherentes a la reunificación alemana y a la puesta en marcha de la moneda única- y una China todavía emergente. Fukuyama proclamó el final de la Historia y el capitalismo de corte anglosajón se extendió como una mancha de aceite. En el lapso de las siguientes dos décadas, asistimos al despegue comercial del Pacífico y al estallido de la burbuja financiera, a la irrupción de Al Qaeda y al debilitamiento de las clases medias. La ausencia de contrapesos sólidos movió a Occidente a entregarse al ilusionismo. Un ejemplo serían los mercados desregulados, con el uso y abuso de los llamados productos tóxicos, o el endeudamiento irresponsable como palanca de progreso. Pero el exponente más claro de ilusionismo quizás se halle en la nueva retórica moral que se utiliza en los conflictos armados: guerras inteligentes, modernas, perfeccionadas por la hightech, apenas sin daños colaterales; en las que se combate, además, con drones y misiles teledirigidos. Una lógica de videojuego, donde la diplomacia es secundaria. Al igual que la política.

Continúa leyendo La lógica del ilusionismo

La pianista de Stalin

Maria Yudina fue, sin quererlo, la musa de Stalin. Nació en 1899, en la pequeña localidad de Nével, en el seno de una familia judía. Era una pianista robusta, masculina, extremadamente subjetiva, que había tenido como compañeros de clase a Shostakovich y a Sofronitsky, el yerno de Scriabin. Su estilo era rotundo y, a menudo, carecía de matices. En una ocasión, Sviatoslav Richter le preguntó por qué había interpretado una pieza de Bach con tanta agresividad: “Querido Slava – contestó iracunda Yudina -, ¿cómo quería que tocara? ¡Estamos en guerra!”. Otra vez, aludiendo a unas sobrecogedoras variaciones beethovenianas, sostuvo que en esa partitura resonaba “el martillo que clava a Cristo en la cruz”. Percibía toda la música con esa misma intensidad, poco importa que se tratase de Stravinsky – al que adoraba -, de Beethoven, de Bartók o de Mozart. Era, sin duda, una de esas mujeres a las que aludía su amigo Osip Mandelstam en el último poema que escribió en su destierro de Vorónezh:

Continúa leyendo La pianista de Stalin