El dietario

En El futuro de la Historia, el ensayista húngaro John Lukacs señala que los conceptos marcados por el prefijo auto – autoestima, autocompasión, autoconocimiento – “hicieron su aparición en el idioma inglés durante el siglo XVII; ego y egoísmo llegan un poco después”. Cabe inferir, entonces, que en el lapso de apenas 100 o 150 años surgió un nuevo modo de concebir la Historia y de entendernos a nosotros mismos.

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Servidores del Estado

Últimamente estoy leyendo mucho sobre George Kennan, el diplomático que ayudó a definir la política de contención estadounidense durante la Guerra Fría. Escritor de rara finura, embajador en la URSS y en Yugoslavia, asesor de presidentes y de secretarios de Estado, políglota y culto, Kennan era cualquier cosa menos un doctrinario. Siguiendo a Metternich, sostenía que la solidez de los principios nos ayuda a interpretar la realidad mucho mejor que los andamiajes ideológicos. Amaba el mundo de las virtudes burguesas –el trabajo, el orden, la palabra dada, el legado novelístico…-, aunque descreía de las variantes populistas de la democracia, con su apelación continua a los sentimientos. Detestaba el nacionalismo y se definía como un patriota, convencido de que identificar los defectos y los males de su país es el primer deber de un ciudadano. Independiente y libre, su realismo le convirtió en un pesimista que reivindicaba los ideales de la regeneración, el noble deber del servicio al Estado y la sabiduría de la contención frente el desbarajuste del ilusionismo. Tildado de blando por los halcones de la Casa Blanca, Kennan desconfiaba del empeño de Washington por hundir los gobiernos hostiles a su país.

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El debate civilizado

Me temo que determinados debates resultan insolubles, como la polémica entre lo público y lo privado o entre los partidarios de la austeridad y los que optan por la expansión del gasto. Y probablemente no existan soluciones indiscutibles ni respuestas únicas. Pensemos, por ejemplo, en el caso sueco, paradigma socialdemócrata y una de las naciones más eficientes del planeta, cuyo gobierno decidió encarar la crisis económica de los noventa desde el más puro reaganismo, esto es, disminuyendo el gasto público y recortando los impuestos, junto a una notable desregularización que permitió devolver la iniciativa a los ciudadanos. Cabe argumentar que seguramente ninguna de estas medidas habría funcionado sin el impulso exportador propiciado por la devaluación de la corona sueca – un mecanismo del que España carece -, sin la indudable calidad de sus instituciones, sin el bilingüismo efectivo de sus ciudadanos -que han adoptado el inglés como idioma global- y, finalmente, sin un tejido industrial orientado hacia la innovación. Por supuesto, no creo que la tecla que ha tocado el gobierno sueco sea la única que suene. Al menos, no de entrada.

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