Las librerías

Si viviera en Madrid, una de mis casas sería la librería Rafael Alberti. Como vivo en Mallorca, la Alberti representa una especie de mito, uno de esos lugares  a los que se acude en peregrinación cuando se visita la capital. Ahora que lo pienso, no deja de ser curioso que los mallorquines llamemos “librería” a la biblioteca privada de cada uno, de modo que no distinguimos – al menos, de entrada – entre el establecimiento comercial y  nuestra íntima geografía espiritual. Supongo que somos en gran medida aquello que leemos: nos configuran los libros, la música, las conversaciones en un café, que decía George Steiner. Cuando era más joven y en España apenas había bibliotecas públicas, recuerdo que las librerías constituían la clave de la bóveda cultural.

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Michael Oakeshott

Michael OakeshottRetornar a la seriedad de la política pasa por recuperar la seriedad del pensamiento. Desde hace décadas se ha instalado entre nosotros una modalidad del debate relativista que anula no ya el concepto de verdad, sino incluso su posibilidad misma. No hablo del escepticismo – que es uno de los rostros de la inteligencia – ni tampoco de su antónimo, el dogmatismo cerril – que convierte al hombre en un esclavo de la ideología -, sino del amor a la verdad que nos construye, nos edifica y nos eleva como personas y como sociedad. Frente a la destrucción sistemática que propugnan los maestros de la sospecha – de Freud a Foucault, de Nietzsche a Derrida -, Europa necesita volver a la humildad de un pensamiento que se deje sorprender ante la riqueza de la experiencia humana, que dude y se interrogue, que sea flexible y dúctil, abierto a la oculta belleza de la vida. Me refiero también a la complejidad como una forma de respeto a la ciudadanía en lo que tiene de funcionalidad democrática, esto es, pluralidad y educación frente a la retórica populista de la ignorancia. Insistir, por supuesto, en que Europa es una forma de civilización, una determinada mirada sobre el mundo y sobre nosotros mismos.

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Xi Jingping

Semana de cambios la que hemos vivido: por un lado, la proclamación de Jorge Mario Bergoglio como nuevo Papa de la Iglesia; por otro, se ha culminado el traspaso de poder a la nueva cúpula china, con el enigmático Xi Jinping a la cabeza. Dos figuras renovadoras que han estrenado su cargo apelando a la reforma, la justicia social y la lucha contra la corrupción. Dos figuras además que ejemplifican de algún modo el anochecer de Europa, la aletargada sombra que va cayendo sobre el viejo continente. La globalización del mundo ha traído consigo una nueva multipolaridad de ida y vuelta, a falta de un único eje. Desde el Concilio Vaticano II, la visión romana del catolicismo se ha ido abriendo paulatinamente hacia una creciente internacionalización, consecuencia de la nueva realidad geográfica: mientras la Europa cristiana languidece, rebrota el número de bautizados africanos, asiáticos y americanos. Era cuestión de tiempo que se consolidara esta tendencia y que la mirada del sur adquiriera una renovada presencia en la sede de Pedro. Del Papa Francisco – de lo que puede suponer para la Iglesia – se puede decir aquello de nulle dia sine linea, en el sentido de que no pasa un solo día sin que leamos algo nuevo sobre el pontífice romano. Escasean, en cambio, los análisis sobre el recambio del gobierno chino, llamado a protagonizar el rediseño económico de este siglo junto a los EE.UU.

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75

Setenta y cinco es la nueva cifra mágica que el primer ministro de Suecia, el moderado Fredrik Reinfeldt, ha puesto sobre el tapete para negociar el futuro de las pensiones públicas. Socialdemocracia sin fisuras, el ejemplo nórdico supone una prueba fehaciente del protagonismo de las “Economías de la innovación” en el contexto globalizado de nuestra época. La clave no es tanto el nivel impositivo – altísimo en el caso sueco frente a la liposucción fiscal de los países anglosajones – sino la calidad del capital humano, la coherencia de las políticas públicas, la libertad de competencia en condiciones de igualdad, los equilibrios macroeconómicos – Suecia fue uno de los primeras naciones europeas en instaurar el concepto de déficit cero estructural – y, en definitiva, la eficiencia de la sociedad. En su origen la socialdemocracia europea dista mucho del ridículo derroche buenista que pronto se instauraría en la frontera sur del continente, basado en las bondades del desajuste. Así como sucede con el mejor liberalismo, el tamiz centrista impone el concepto de responsabilidad: los derechos y los deberes van de la mano, la libertad se adecua al orden, determinados anclajes – cierto respeto a la idea de equidad social, de confianza en el papel de las instituciones – vinculan al conjunto de la población.

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