Jane Austen

Jane AustenHay determinadas cosas a las que uno llega tarde en la vida. Me pasó con Mozart, por ejemplo. Durante muchos años no supe encontrarle el gusto. La música del salzburgués carece de los abismos trágicos de Beethoven, del fulgor metafísico de Bach… En casa, después de un día de trabajo prefería refugiarme en Wagner – su Tristán, por ejemplo – antes que en La Flauta Mágica, escuchar el Otelo verdiano antes que Don Giovanni. Más tarde, el paso del tiempo me puso en mi lugar y Mozart recuperó su centralidad. Supongo que, en alguna ocasión, nos ha ocurrido a todos lo mismo y uno aprende a desconfiar de su propio juicio crítico. Algo semejante me sucedió con Jane Austen. Su aparente simplicidad me enojaba y me resultaba imposible interesarme en su línea argumental. Entre las hermanas Brontë y Austen, escogía a las primeras. De hecho, creo que hubiera elegido casi a cualquier otro escritor antes que a Jane Austen. Ahora sé que me equivocaba.

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La dansa de l’arquitecte

Pienso que la inteligencia sería la cualidad que mejor resume la obra del musicólogo y colaborador de Diario de Mallorca Antoni Pizà. Le conocí a mediados de los noventa en la vieja sede del Instituto Cervantes de Nueva York, cuando él tendría treinta y pocos años y yo acababa de estrenar la veintena. La última vez que nos vimos fue una tarde de agosto en terraza frente al mar, donde habíamos quedado para tomar unas cervezas. Recuerdo que ese día hablamos de la poesía de Milosz y Joseph Brodsky, del archivo etnomusical de Alan Lomax – una de sus grandes pasiones – y de las memorias de Shostakovich – apócrifas o no –, editadas por Solomon Volkov. Hablamos del papel del mito en la biografía de los artistas y también de la cultura como una tentación que puede llegar a anular el alma. Es una idea que le he oído desarrollar repetidas veces y que, de entrada, sorprende en alguien como él, que ha hecho de su obra – compuesta por centenares de artículos, brillantes ensayos y gruesas monografías – el rostro de la ambición intelectual.

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