Sin pasaportes

En una ocasión preguntaron al historiador George L. Mosse en qué país le habría gustado vivir. Él era un caso prototípico de judío errante: nacido en Berlín, se formó en Cambridge y Harvard y ejerció de profesor universitario en Wisconsin y Jerusalén. La pregunta, sin duda, tenía su intención, ya que se considera a Mosse el gran especialista contemporáneo en la historia de los nacionalismos y sus efectos – a menudo perversos – sobre la sociedad. El anciano profesor contestó, con toda sencillez, que le gustaría residir en cualquier lugar en donde no le pidiesen el pasaporte ni le juzgasen por su credo, su raza, su ideología o, en definitiva, su nacionalidad. George L. Mosse tenía sobradas razones para pensar así. Por un lado, había consagrado buena parte de su vida académica a analizar los conflictos políticos relacionados con el poder aplastante de la mayoría. Por otro, su triple condición de exiliado – de la Alemania nazi-, de judío – en el siglo del Holocausto – y de homosexual otorga un tinte marcadamente biográfico a su obra. En sus memorias, tituladas Haciendo frente a la Historia, Mosse cuenta que, al llegar a Cambridge, su tutor le aconsejó que se centrase en el periodismo y no en la Historia, “ya que es al periodismo a lo que se dedica la gente de tu raza”; y no fue hasta los años setenta – después de los cambios culturales iniciados en la década anterior – cuando se atrevió a reconocer abiertamente su orientación sexual. La libertad – quizás esto nos valga – tiene mucho que ver con esa ausencia de pasaportes de la que hablaba el historiador berlinés; lo cual supone asumir como inviolable la conciencia y el pensamiento del hombre, ya sean las creencias, la fe, los afectos o, simplemente, la identidad.

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El sello de la civilización

La soledad –al igual que el silencio– resulta, en ocasiones, extraña. Sobre el mar caen los relámpagos y una lluvia furiosa azota el jardín de casa. Ceno una ensalada de pera y queso azul, mientras escucho Sleeper, un prodigioso recital que ofreció Keith Jarrett en Tokio a finales de los setenta con su cuarteto europeo. En la mesilla del sofá se apilan las relecturas –Ficciones de Jorge Luis Borges, las Conversaciones con Isaiah Berlin de Ramin Jahanbegloo- y una novedad estricta: Imperios: Auge y declive de Europa en el mundo, 1492–2012 del historiador Julio Crespo MacLennan. ¿Cuántos años hace que no leo a Borges? Recuerdo, con asombro, la lectura adolescente de relatos como “El inmortal”,  “El hacedor”, “Deutsches Réquiem” o el deslumbrante “Funes el memorioso”. Este último narra la historia de un joven oriundo de Fray Bentos, Uruguay, que vive esclavizado por una retentiva  absoluta y precisa, incapaz de olvidar y, por tanto, de cualquier tipo de generalización. En su conciencia, el razonamiento se ajusta a la exactitud cronométrica del recuerdo. Así, para él, hablar de Guerra y Paz supone rememorar todas y cada una de las palabras de la novela, sin descanso ni fallo alguno. “Pensar es olvidar diferencias – sostiene el narrador -, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.” Al cerrar el libro, no deja de llamarme la atención una similitud sorprendente entre Borges e Isaiah Berlin: el hombre y las sociedades necesitan la imperfección para sobrevivir, para avanzar y crear. Dicho de otro modo: las utopías morales y políticas se asemejan al infierno en igual medida que la perfección linda  con lo inhumano.

Borges publicó Ficciones –donde se recoge el relato de “Funes el memorioso”– en 1944. Por aquellos años, Europa se desangraba en la guerra, los totalitarismos soñaban con el superhombre y los gobiernos eliminaban a los judíos, los gitanos, los disidentes y los discapacitados. Todavía hoy nos preguntamos cómo pudieron suceder el Holocausto y el gulag, pero, en último término, todo el siglo XX responde a una sucesión de asesinatos programados. A lo largo de sus ensayos, Berlin incide en la lógica criminal de contemplar la realidad desde el prisma de unos valores absolutos e irrenunciables. Desde esta perspectiva moral, la violencia resulta legítima, porque es el precio que deben pagar los que no se ajustan a la ortodoxia ideológica ni a los dictados del poder. La gran lección de Isaiah Berlin se resume en que los principios exclusivos son tan peligrosos como el mesianismo y el ansia puritana. Si el pensar pasa por olvidar ciertas diferencias, el consenso constituye la base de la vida moral y política. Eso y desconfiar de los mensajes redentores, claro está.

La experiencia, en todo caso, nos enseña que la utopía forma parte de la reserva genética de la humanidad. Nada nos inmuniza contra ella; al menos, de un modo definitivo. Esta semana leía una noticia sobre los experimentos de un profesor de la Universidad de Reading, Kevin Warwick, que pretende conectar el cerebro humano con una máquina para así ensanchar el abanico de lo posible. Me figuro que se trata de algo que pronto será factible gracias a los avances de la nanotecnología. Una minicámara, por ejemplo, que, inserta en la pupila, registre el transcurrir de nuestra vida. O unidades de conocimiento – diccionarios, enciclopedias, mapas y callejeros – que se transfieran desde un ordenador al cerebro. Me pregunto qué opinarían Borges y Berlin de este proyecto. Me lo imagino. Ambos nos alertarían del ciego afán de la perfección y anotarían los infiernos creados por quienes se niegan a admitir que la naturaleza humana es incompleta. De hecho, la riqueza de la pluralidad se deriva de nuestras limitaciones. Y eso, precisamente, constituye el sello de la civilización.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.