La novela

Sostiene con acierto Ignacio Peyró que la novela constituye la arquitectura esencial de Europa; al menos, una de las facetas esenciales de nuestra cultura. Constatar, por tanto, la crisis del género novelístico supone admitir la decadencia de un modo determinado de entender y concebir la textura de la civilización. Siglo a siglo, la novela nos ha permitido penetrar en el sentido de la Historia, las relaciones personales, las nociones del bien y del mal o la luz del recuerdo en lo que tiene de mosaico de la identidad. Si la religión ha dotado de hondura metafísica a la proyección del continente – y asimismo, hay que reconocerlo, de un rastro de guerras -, la urdimbre de la novela representa el vigor de una sociedad empeñada en suplir la barbarie de los instintos por una voluntad de orden y de belleza. O lo que es lo mismo, desvelar las huellas endebles de la verdad en el devenir del tiempo. La novela nos enseña – como observa Walter Benjamin – que no hemos sido un pueblo falto de historias memorables. Cervantes y Sterne, Flaubert, Proust y Stendhal, Dostoievski y Tolstoi, Waugh y Pasternak, Nabokov y Thomas Mann lo corraboran. Somos los herederos de esta arquitectura, de ese empeño civilizador.

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Los cuatro niños de la Torá

En 1492 los Reyes Católicos expulsaron a los sefardíes de España, un error que todavía estamos pagando caro. Frente al tradicional analfabetismo de las sociedades mediterráneos, los judíos fueron alfabetizados de forma masiva a finales del siglo I d.C. En términos culturales, existe una relación inequívoca entre el judaísmo, la centralidad de la lectura y el cuestionamiento crítico de la realidad. El conocido ensayista George Steiner ha escrito que, si tuviéramos que localizar a un judío en la sala de espera de un aeropuerto, tendríamos que buscar a un hombre sentado, con un libro en las manos, que anota en los márgenes del mismo los interrogantes que le plantea el texto. Marx supo observar que, detrás del orden establecido de la burguesía – o, anteriormente, del feudalismo –, se oculta la explotación de una clase social sobre otra. Freud teorizó acerca del papel del inconsciente en una época marcada por el racionalismo más estricto. A lo largo de su obra narrativa, Kafka desnudó el inhumano sinsentido de la burocracia. El viejo ritual de la Pésaj – la Pascua judía – educa a los niños en la importancia de la pregunta; es decir, de no acomodarse a la demagogia, con su retahíla de respuestas obvias y estrechas, que no admiten el goce del matiz o de la duda. La Torá –leemos en el rito– habla de cuatro tipos de niños: el sabio, el rebelde, el simple y el que no sabe preguntar; de ellos, el más inquietante es el último, el que no interroga ni se deja llevar por la pasión del conocimiento.

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Con Edmundo Paz Soldán

El escritor boliviano, Edmundo Paz Soldán, es uno de los grandes novelistas hispanoamericanos de hoy. Profesor en la Universidad de Cornell – como el mítico Nabokov -, Ambos Mundos dialoga con el autor de Río Fugitivo, una de las Bildungroman cruciales de la última narrativa en español.

Empecemos por el principio, Edmundo. ¿Cómo se forjó el lector? ¿Quiénes eran de niño tus referentes literarios?

Yo diría que mi pasión por la lectura despertó a los diez años. Tenía en colegio a un profesor que nos daba a leer libros de Emilio Salgari. De ahí hubo un paso directo a la biblioteca de mi padre, que estaba poblada de novelas policíacas. Mis referentes de esa época eran Agatha Christie, Ellery Queen, John Dickson Carr. En la adolescencia temprana descubrí el Boom, sobre todo Vargas Llosa y García Márquez, y no me fui más de ahí. A los catorce años me deslumbraron Borges, Kafka y Nabokov. Me dije, “si esto es la literatura, quiero ser escritor”.

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