Vivir en el fuego

He leído pocos libros de una profundidad tan hiriente como Confesiones: vivir en el fuego, de la poeta rusa Marina Tsvietaiéva. Hablo de intensidad y de hondura, por supuesto, pero también de una mirada que se fija en la verdad sufriente de la vida. El único amor auténtico, afirmaba Simone Weil, es el que se dirige a lo más frágil de la persona amada: la fealdad, la miseria, la debilidad. Sólo entonces sabemos que el amor no cede a la idolatría, que es verdadero, en tanto que trasciende nuestra capacidad de admiración y penetra en la hondura del misterio de lo humano. Esta mirada, cuyo eje es el corazón, Marina Tsvietaiéva la consideraba un don: “el don – anota en Confesiones – de reconocer el sufrimiento de las cosas”. La clave de la compasión consiste, precisamente, en esa prioridad amorosa.

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Un verano

A los 17 años, pasé un largo verano en Nueva York. El calor era bochornoso y arreciaron las tormentas. Leí a Pessoa – su Libro del desasosiego – y acudí a la ópera – Les pêcheurs de perles-. Simon & Garfunkel ofrecieron un celebrado concierto en Central Park y Jeff Buckley – todavía un cantante anónimo – actuaba en los garitos del Village. Visité el Museo Metropolitano y el MOMA, el Empire y la Estatua de la Libertad, la Biblioteca y el museo de los claustros. Me perdí por las calles de Chinatown y entre los anaqueles de la mítica librería Strand; en casa descubrí The New Yorker, la New York Review of Books y The Atlantic Monthly. Un fin de semana hice una escapada con unos amigos a Harvard y me acuerdo del asombro que me causó el encanto, entre geométrico y europeo, de Boston. Pensé que Yourcenar había vivido no muy lejos de Massachusetts, al igual que el poeta Robert Frost y que la cultura es un destilado del tiempo. A menudo me arrepiento de no haberme quedado más tiempo.

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La memoria del bien

La felicidad tiene sus aristas, sus imperfecciones. No es algo sólido que perdure en nosotros como uno cree que deberían ser las casas edificadas sobre piedra, sino un estado más huidizo e inestable que sedimenta nuestras vidas. Recuerdo la neblina y la lluvia fina en los montes que circundan Tineo en Asturias. Recuerdo la alegría contenida, íntima, el día que nacieron mis hijos. Recuerdo una mañana soleada en Capri, el azul intenso y el olor salobre del romero. Recuerdo a mi abuela, encorvada en la soledad de su casa, interpretando Beethoven al piano. Recuerdo el placer de la lectura, de niño, casi a cualquier hora. Recuerdo la mirada de mi hermano, poco antes de morir, y un poema de Pavese que le gustaba recitar. Ninguno de esos instantes duró mucho, pero conforma la trama que nos sostiene, el humus en el que se desarrolla nuestra personalidad. Sin una imagen de la felicidad – por imperfecta o endeble que sea – no podríamos sobrevivir ni madurar ni siquiera soñar con un futuro. Los psicólogos – al menos desde John Bowlby – hablan de la importancia crucial del apego del niño hacia sus padres a lo largo de los primeros años de vida. El apego – la seguridad de ser aceptado y amado por nuestros progenitores – establece los fundamentos de la personalidad y nos prepara para el fruto amargo de la duda, el miedo o el desamor. Se diría, pues, que los momentos de felicidad vienen a ser como las semillas que dan lugar a las grandes virtudes. La italiana Natalia Ginzburg escribió algo muy hermoso en este sentido: “Por lo que respecta a la educación de los hijos – anota -, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y de saber”.

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