Tres apuntes sobre Tomas Tranströmer

Transtromer-Daniel-CapoMe imagino al poeta Tomas Tranströmer interpretando alguna sonata de Mozart al piano – o quizás de Haydn – en un pequeño apartamento del extrarradio de Estocolmo.  Junto a él, su esposa Monica, un gato, la colección de libros y de insectos, y los esbozos de un poema inacabado sobre el vuelo de las abejas o la luz fría y glacial del Báltico. Me lo imagino junto a Ingmar Bergman y a Per Olov Enquist formando el triángulo imaginario de la cultura sueca del siglo XX. He hablado de Bergman y de Enquist – un cineasta y un escritor -, aunque tal vez sería mejor proponer a un músico solitario, desconocido y fascinante, Allan Pettersson, como alter ego del reciente premio Nobel. Pienso en Pettersson – de quien se acaba de celebrar, de forma casi inadvertida, el primer centenario de su nacimiento -, aun tratándose de estéticas distantes, incluso alejadas en lo cultural. La voluntad clasicicista de Tranströmer – en el sentido civilizador de la palabra – contrasta con el dolor lacerante, caótico y enfermizo, que impregna las partituras del enorme sinfonista sueco. Pero no puedo dejar de pensar en ellos dos como en una especie de alfa y omega de la sensibilidad contemporánea, unidos por la soledad y un dolor callado, inexpresivo, que lucha contra la nada. Y detrás de su obra la piedad, siempre la piedad, como el modo privilegiado de leer y de comprender el siglo XX con su arsenal de sufrimiento.

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