George Orwell o el horror

A George Orwell le gustaba escribir libros, criar gallinas y cultivar legumbres. “Aparte de mi trabajo – escribió en una ocasión -, la cosa que más en serio me tomo es la jardinería y, sobre todo, el cuidado de mi huerto.” Amaba las costumbres sencillas: la cocina inglesa y el té indio, el tabaco negro, las estufas de carbón… Por origen pertenecía a la clase media-alta, aunque no tardó en renegar de la misma. Luchó en la Guerra Civil Española junto a los republicanos, pero su libro Homenaje a Cataluña constituye una de los alegatos más feroces que jamás se haya escrito sobre las fechorías del comunismo. Detestaba en especial, el totalitarismo, que sabía detectar en cualquiera de sus modalidades. Era agudo, severo, asceta, humano y compasivo. Aspiraba a una prosa invisible – a una “estética de cristal de ventana”, como dijo en más de una ocasión -, porque entendía que el único deber del escritor pasa por servir a la verdad. De ahí que considerara que la escritura sólo puede ser moral y que, en cambio, la ideología es mentirosa, ya que la voluntad de poder sólo oculta un fondo de resentimiento y odio.

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Pierre Michon

Decía Borges que Francia es una literatura infinita, un compendio de distintas tradiciones que no se someten a un solo autor o a una sola escuela. La inteligencia borgeana es muy dada a este tipo de boutades. España no es sólo Cervantes, como llegó a afirmar el argentino en alguna ocasión, pero tampoco deja de ser Cervantes. Del mismo modo que Francia no es sólo Flaubert ni Pascal, sino una biblioteca por la que circula la sangre de toda la literatura europea. También ahora se da en Francia esta pluralidad de voces, en la que destacan dos autores: Pascal Quignard y Pierre Michon, con sus dos escuderos de lujo, Jean Echenoz y Patrick Modiano, además del poeta todavía ignoto –en España- Christian Bobin.

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El Papa de las ideas

El día en que murió Karol Wojtyla, Joseph Ratzinger salía del Vaticano rumbo al monasterio de Subiaco. Nadie sabe qué pensó esa tarde mientras su coche recorría las lentas ondulaciones del paisaje romano. En Subiaco, Ratzinger recogió el Premio “San Benito” y leyó una conferencia sobre la sociedad sin Dios y la cultura europea. O dicho de otro modo, sobre la crisis de una Europa que ha dado la espalda a Dios. El periodista y editor norteamericano Paul Elie ha especulado en un magnífico artículo, publicado en de The Atlantic, sobre el sentido de este gesto de Ratzinger: ¿fue un movimiento estratégico o el prurito profesional de un teólogo acostumbrado a cumplir con sus obligaciones? Nadie lo sabe muy bien. La relación íntima, aunque a veces tirante, entre Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger subraya esa noche, como subraya – con su trazo fuerte – el paso de treinta años de catolicismo.

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