La piedad del padre Brown

Para ser sinceros uno nunca se ha llevado del todo bien con Chesterton. Mozart, por ejemplo, también me disgustó hasta que un día descubrí su aparente y elegante sencillez, esa ligereza blanca en definición de Christian Bobin. De Chesterton me alejaba la inteligencia excesiva de quien se recrea en una facilidad insultante, mercurial, para el humor y la paradoja. Quiero decir que, en ocasiones, leyendo a Chesterton, he tenido la sensación de que su búsqueda de la verdad requería siempre de un excesivo lucimiento. Chesterton, por otra parte, constituye un ejemplo de lo mejor y lo peor del pensamiento inglés, ya me entienden: una inteligencia que cae en lo excéntrico precisamente para no perder la compostura. Y esto lo distingue de los alemanes que, de tan serios, acaban por enloquecer. Pero regresemos a nuestro autor y a este libro, Los relatos del Padre Brown. Uno diría que, junto a su Autobiografía y a los ensayos reunidos bajo el título Correr tras el propio sombrero, lo mejor del escritor inglés se encuentra en la serie de aventuras detectivescas protagonizadas por el regordete curilla católico; quizá porque en ellos importe más desvelar el sentido de las acciones del alma humana que el crimen en sí.

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