La linterna mágica

José Carlos Llop ha hablado en alguna ocasión de su tío Ingmar para referirse al cineasta sueco, recientemente fallecido, Ingmar Bergman. Yo podría hablar de mi abuelo Ingmar, aunque realmente mi abuelo se llamara Allan y firmara sus crónicas periodísticas como Alí Baba. Lo cierto es que nunca emparenté con Ingmar Bergman, aunque su mundo me resulte tan familiar desde que viera en la televisión El séptimo sello, a principios de los noventa. El escritor alemán Ernst Jünger ha comparado nuestro tiempo con un monte Gólgota en el que se hubiera retirado la figura central del crucificado. Bergman posó su mirada sobre este vacío y meditó acerca del significado de la ausencia, que es como hablar del sentido último de la soledad. Sin Dios, el hombre está solo y carece de referencias. También moralmente. De ahí que Bergman fuera el cineasta de la incomunicación, de la carencia de Dios y de la muerte. Supongo que esto es el reflejo de una modernidad que trascendía las ramificaciones existencialistas de los años sesenta.

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