El arte de Miquel Barceló

Foto de Ramón Pérez Niz

Miquel Barceló acaba de declarar en las páginas de este periódico que no debería preparar más de una exposición al año, que es como reconocer que el arte no es hijo del esfuerzo hercúleo ni de las tentativas heroicas, sino de algo más íntimo y callado, que recoge la intimidad de la experiencia humana. Desde luego, el mejor  Barceló no es el que sobrecoge por su tremendismo animal, sino el que se explaya retratando la soledad de un mono que juega junto a la orilla de un río o el que siluetea cualquier barquita africana en Mali. El gran arte esté emparentado con lo ínfimo y lo pequeño mucho más que con el despliegue de la virtuosidad. Walter Benjamin rastreaba entre las ruinas los restos de verdad que la historia va triturando a su paso. Simone Weil – otra judía como Benjamin, otra mártir en la “medianoche del siglo XX” – escribió que la verdadera emoción surge ante lo infinitamente lejano o ante lo infinitamente frágil.

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