El seminarista de Traunstein

La vida no debía ser muy sencilla a finales de 1943. Unos meses antes, en agosto, ante el retroceso de las tropas alemanas, los seminaristas de Traunstein fueron destinados a la artillería antiaérea de Múnich. En el departamento de telecomunicaciones servía un joven soldado llamado Joseph Ratzinger. Tendría por aquel entonces 16 o 17 años y era un adolescente tímido y apocado que todavía dudaba si seguir el camino del sacerdocio. Su primer destino como artillero fue Gilching, cerca del lago Ammer, junto a la famosa fábrica de aviones de Oberpfaffenhoffen. Sin duda, aquellos soldados ya sabían que Alemania no podía ganar la guerra y es posible que, incluso muchos de ellos maldijeran en secreto a Hitler, como le había oído hacer Joseph Ratzinger a su propio padre en 1937. En sus memorias, el nuevo Papa cuenta que vio sobrevolar los aviones americanos sobre el cielo de Múnich y que contempló el avance ruso en las estepas húngaras con su ceremonial de ruina y destrucción. No sabemos si encontró alguna respuesta a tanto horror, pero podemos sospechar que, como en el caso de Karol Wojtyla, el temprano encuentro con las ideologías del mal marcó profundamente el carácter del joven seminarista. A finales de 1944, Joseph Ratzinger cayó prisionero y fue trasladado, junto con otros 50.000 soldados, a un campo de detención en las afueras de la ciudad de Ulm, al sur de Alemania.

Continúa leyendo El seminarista de Traunstein