Historia universal de la infamia

Eran las ocho de la tarde de un 7 de agosto de 1920. El escritor Isaak Emmanuílovich Bábel acababa de llegar a la pequeña villa de Berestechko, en el frente polaco, como corresponsal de la revista soviética Crónica. Acompañaba en su avance al primer ejército de caballería, los famosos cosacos. Sobrevolando los tejados de las casas, se escuchaban los ecos de un káddish, la oración fúnebre de los judíos. Caía la noche. Desde hacía dos meses, Bábel se había dedicado a dibujar el rostro de la muerte: “Ha pasado un día más –escribió-, he visto la muerte, caminos blancos, caballos entre los árboles, el alba y el ocaso. Entre las mieses se mueven descalzos, fantasmagóricos, los moradores de Galitzia”. Se acercó a la casa en la que tenía lugar el funeral. La fallecida era una chica muy hermosa, de una belleza inusual. El comandante al mando de la plaza se había enamorado de ella y llevaba días merodeándola. Una noche, los soldados la sacaron de la cama y uno tras otro la violaron repetidamente, antes de morir desangrada. Apenas unas farolas iluminaban la noche. Afuera, tirado en la calle, se encontraba el cadáver descompuesto de otro polaco. Era un cuerpo hinchado, desnudo, espantoso. “Me encuentro en un gigantesco e inacabable funeral –apuntó en su cuaderno de viaje. Todos nos odian”.

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