La casa de los Flink

Desde la ventana de mi estudio, la luna saltea la noche de un color rojizo, casi desértico. A estas horas, la naturaleza tiene ya un aire cansado, como de feria gastada. Afuera sólo quedan unos cuantos grillos que animan la tierra desde las ramas cercanas de un árbol, el ladrido lejano de los perros, el zumbido imberbe de dos o tres mosquitos. En las distancia, la luz titilante de una bombilla parpadea temblorosa, como si temiera herir a alguien. Sé que es la casa de unos vecinos alemanes. Uno de ellos debe de estar despierto, escribiendo una carta o leyendo un libro. Si yo fumara, liaría un cigarrillo y dejaría que la luz se dispersara entre las yemas de mis dedos. Así, cuando él viera, a lo lejos, el latir de esa brasa minúscula quizá se sonreiría y lo apuntaría en su diario o se lo diría entre las sábanas a su esposa, al igual que yo anoto el lejano temblor de su bombilla. Dos personas que no pueden dormir tienen, efectivamente, mucho en común.

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